No todos son salvados por la campana

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Los focos alumbran el cuadrilátero. Las lámparas solo están dirigidas al piso de madera y las cuerdas que lo rodean. Alrededor, todo está obscuro, el entorno no importa, lo único que es perceptible es lo que pasa adentro de ese cuadrado, llamado ring de boxeo.

El montaje de una cartelera de boxeo es una analogía del pugilista fuera del deporte. El boxeador está vivo cuando se encuentra en el medio de las cuerdas, cuando sus manos están cubiertas por un par de guantes y la adrenalina que representa el sonido de la campana. Fuera de eso, es cualquier otro mortal con más defectos que virtudes.

El boxeo es ese deporte que ataca directamente las debilidades psicológicas del hombre, como la vanidad, el orgullo, la frustración, la alegría, la tristeza.

¿Qué puede llevar a una persona a ganarse la vida a través de los puños? ¿Será que esta persona no conoció un libro o los números? ¿El olor a sangre es más sabroso que el de la cocina? ¿Las manos de un boxeador no sirvieron para hacer una escultura pero sí para retratar una obra de arte como una caída? Son muchas las interrogantes sin resolver que pudieron llevar a una persona al interior de un ring.

El boxeo pone a prueba la virilidad del hombre. Te brinda la oportunidad de ofender a tu contrario o de ser ofendido y luego cuando se colocan los guantes, tienen la oportunidad de demostrarse entre ellos y ante el mundo, conocer cuál  de los dos es el más hombre. La victoria eleva al pugilista al cielo, al olimpo. Los ojos hinchados, la boca rota, las huellas de sangre son rastros de la batalla que lo llevó a la corona. Sin embargo, el derrotado, ve el fracaso directo a los ojos, saber que fue superado por su antagonista. Que su frustración no la puede resolver a golpes, porque precisamente los golpes lo llevaron a la lona. A diferencia del gladiador romano,  el boxeo le da al atleta la oportunidad de vivir con ese sentimiento de derrota, de humillación.

Son diversas las historias de los boxeadores que pudieron ser un monarca sobre el cuadrilátero, pero que en la vida real, no pudieron ser salvados por la campana. El caso más reciente fue el del yucateco Iván “Sonrics” Ramírez, quien se quitó la vida con el uso de una soga justo cuando iba a recibir su cinturón de campeón minimosca. El caso de Ramírez conmocionó a la opinión pública yucateca y al mundo deportivo de México. No obstante, el caso del meridano no es el único sueño frustrado al exterior del cuadrilátero.

La lista puede resultar interminable. Por citar tan sólo algunos casos, el irlandés Darren Sutherland ganó la medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Beijing 2008, posteriormente saltó al campo profesional y ganó sus cuatro combates por la vía del nocaut técnico. El 14 de septiembre de 2009 se quitó la vida para cercenar una carrera que pudo ser prolífica.

El venezolano Edwin “Inca” Valero puede ser uno de los ejemplos más cónsonos de estas letras. En plena cúspide, cuando se perfilaba para ser un potencial rival de Manny Pacquiao y consentido por el régimen chavista, un día de abril de 2010, los demonios internos de Valero se apoderaron de sus manos cuando estaba afuera del ring y asesinó a su esposa. Al día siguiente, en la cárcel, se colgó con un pantalón de mezclilla.

Oficio casi inhumano

Johan Pérez vivía en una favela de América Latina. Entrenaba en un complejo deportivo, pero no en el interior del gimnasio, sino en el estacionamiento a plena luz del día y cuando el sol estaba en su punto más alto. Su padre, con un pantalón de traje y con una playera de Brasil sucia, colgaba un saco de un tubo para que su hijo pudiera golpearlo. Pérez viajó a Panamá para ser el retador de la categoría welter.

Por su condición económica, Pérez no podía escoger su lugar de entrenamiento, sino que fue ubicado en un salón contiguo a una venta de cochino frito. El pugilista tenía problemas con el peso y dos días antes de la pelea, solo podía pasarse un poco de hielo por los labios, no podía ni tomar agua, solo recibir un poco de sensación de hidratación.

La campana no suena fuera del cuadrilátero

Son pocos los boxeadores que luego de pasar por el cuadrilátero han tenido una vida intachable. Quizás, el míitico Sugar Ray Leonard es uno de miles que ha tenido una vida estable luego de sus batallas épicas con Roberto Durán, Tommy Hearns, entre otros.

– Dick Eklund, boxeador de los ochenta, pasó por el crack y por la cárcel.  Su historia fue reseñada por un documental de HBO y por Hollywood.

– Carlos Monzón fue una gloria del deporte argentino, al ganar 87 combates, 53 de ellos por la vía del cloroformo. Sus excentricidades y sus constantes historias de violencia de género fueron cavando su tumba. El 14 de febrero de 1988 asesinó a su esposa Alicia Muñiz y en 1995 perdió la vida en un accidente de tránsito.

– Carlos Baldomir, también argentino, en el 2006 perdió en las Vegas ante el todopoderoso Floyd Mayweather. Diez años después la Fiscalía buscaba una pena de 20 años por aparentemente violar su propia hija.

– Víctor Ortiz incomodó a Floyd Mayweather en el año 2011. Cuando le pedía disculpa por priopinarle un cabezazo, “The Money” aprovechó para darle una combinación que lo llevó al suelo. Ocho años después, Ortiz fue arrestado por violencia sexual.