Los chamos en Colombia

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Por @LeoFelipeCampos 

Hay venezolanos pobres y desempleados, ricos y dueños de empresas, los hay respetuosos, nobles y educados, también malagradecidos, cómodos y arbitrarios; los hay emprendedores y generosos; alegres, esperanzados y admirables, como los hay abusadores y mezquinos, o desafortunados y llenos de rabia; algunos duermen en albergues o venden dulces en la calle, otros tienen hogares con piscina y empleadas domésticas. Son seres humanos, no caricaturas.

El primer grupo numeroso de migrantes venezolanos llegó a Colombia durante la primera década de este siglo, sobre todo a través del Aeropuerto Internacional El Dorado. Eran, por lo general, empresarios o profesionales de clase media con estudios superiores. En años recientes hubo otras dos grandes oleadas que entraron por la frontera. Ahora lo hacen a diario. A grandes rasgos, según las cifras de Migración Colombia, se trata de un volumen mayor de ciudadanos con menor poder adquisitivo, personas que no siempre legalizan sus documentos y llegan desesperadas por la dictadura del chavismo.

Sin ahorros, incluso sin pasaporte y con niños pequeños, esta gente ha decidido emprender una travesía de días o semanas, en buses o a pie, para reinventarse desde el escape, a pesar de los riesgos. Heridos por dentro y por fuera, esta migración forzada es de proporciones históricas. El sociólogo venezolano Tulio Hernández, que ha estudiado el fenómeno, afirma que nunca dentro de América Latina tal cantidad de coterráneos habían abandonado su tierra en tan poco tiempo. Es un proceso masivo y veloz. Ni los venezolanos estaban preparados para irse ni los países del continente estaban política y administrativamente listos para recibirlos de la mejor manera.

La migración de venezolanos no ha parado de aumentar año tras año desde el 2015, incluso hacia España, Italia y Portugal, países que a mediados del siglo XX vivieron procesos migratorios masivos, y que hallaron en Venezuela un buen refugio para sus ciudadanos. Estos datos son públicos y se pueden revisar en la web de la Organización Internacional para las Migraciones.

Actualmente hay 1.174.743 venezolanos en Colombia, según cuentas oficiales. De ellos, más de seiscientos mil tienen entre 18 y 39 años: una gran fuerza productiva, aunque no todos llevan sus documentos en regla. La mayoría vive en Bogotá D.C. o en los departamentos de Norte de Santander, La Guajira y Atlántico.

Parece haber una obsesión por los números, que no pocos políticos tratan de aprovechar para su demagogia. Sin embargo, aunque sea obvio no siempre es evidente: detrás de cada uno de ese millón y pico de venezolanos hay una historia de dolor, crecimiento y aprendizaje. Sufren por sus familias rotas y celebran por haber recuperado placeres cotidianos. Estos y aquellos comienzan a echar raíces. Se trata de un fenómeno decisivo para el futuro de Colombia.

No existe un rostro único, pero la ruinosa realidad política, social y económica de la Venezuela actual brinda un contexto que permite agrupar un mosaico testimonial para tener una idea menos plana sobre lo que enfrentan y padecen en sus nuevas ciudades. En BOCAS quisimos abrir nuestras páginas para saber quiénes son, qué hacían antes, qué hacen ahora, cuándo llegaron, cómo se han adaptado, qué anhelan y qué los motiva a seguir en pie.

1. Samuel Salazar. 30 años

Soy licenciado en Turismo, en Venezuela fui asesor de viajes y agente de tráfico aéreo. Hoy trabajo haciendo domicilios con Rappi. Ser turista es fácil, pero ser emigrante es para valientes. A mí nunca se me había pasado por la mente vivir en otro país, las dificultades me empujaron. Fue una mala noticia para mis padres, un golpe fuerte, hoy tengo más de dos años sin abrazarlos, pero lo hice para darle un mejor futuro a mi familia.

¿Cómo fue el aterrizaje?

Al llegar a Colombia encontré un trabajo empacando maletas con una empresa en el Aeropuerto El Dorado, y pensé que allí comenzaría a despegar. Madrugaba todos los días a las cuatro de la mañana, trabajaba hasta las seis de la tarde. Se suponía que me pagarían diez mil pesos diarios por lo que durara mi período de pruebas, que fue de dos semanas. Al terminar me dijeron que no me necesitaban, y tampoco me pagaron. Eso me dio duro. Además de eso soy baterista profesional, estudié en el Instituto Universitario de Estudios Musicales; no es fácil dejar a tu familia y todo lo que tienes, renunciar a tu pasión y a tus sueños. Aquí he tenido que aprender a escribir mi nueva historia. Con lo que gano en Rappi me he logrado sostener y manejo mi tiempo. Estos procesos son buenos, te enseñan. Y los cambios no son de la noche a la mañana. Un árbol no lo rompes de un solo guamazo.

2. Glendys Edyanir Bernal Curvelo. 18 años

La crisis acabó con todo en Venezuela. Mi mamá padece artritis reumatoide, y cada vez se hacía más complicado conseguir medicamentos. Eso me llevó a emigrar, porque en Colombia puedes trabajar y ayudar a tu familia con lo poco que ganas; en mi caso, con las medicinas. Tampoco me quedaban esperanzas en mi país. Llegué a Colombia en junio del 2018. Allá era estudiante y aquí me gano la vida como pueda siempre que sea un trabajo honrado. Quiero hacer otras cosas, comenzando desde abajo, con esfuerzo.

¿Qué ha sido lo más difícil de este cambio?

Estar lejos de mi familia, no ver crecer a mis sobrinos, no poder disfrutar sus logros ni compartir sus tristezas. Aquí muchas veces no valoran lo que haces para ayudar a tu gente. Hasta hace poco trabajaba doce horas diarias como mesera en un bar, de tres de la tarde a tres de la mañana. Me pagaban apenas 254.000 pesos mensuales, pero lo hacía por necesidad. Una de esas noches se me acercó un cliente a pedirme el baño. Al salir, me preguntó cuánto le cobraba por una noche con él. Me indigné, pero con la buena educación que recibí en casa le dije que estaba equivocado, que yo no era esa clase de chicas. Entonces me agarró del brazo por la fuerza. Yo me asusté mucho. Como pude lo empuje. Él me decía que yo valía máximo diez mil pesos. Me ofendí porque aparte de ramera me llamó barata, y ahora lo cuento como si fuera un chiste, pero la verdad es que estaba aterrada. Por fortuna, los chicos del bar lo sacaron.

¿Conoce a otras chicas venezolanas a las que les haya pasado algo similar?

Sí. Hay personas de acá que creen que nos pueden ofender porque tenemos necesidades o porque andamos urgidas de dinero para sobrevivir. Yo respeto a las chicas que venden su cuerpo, pero no todas vinimos por lo mismo.

¿Y qué es lo mejor que le ha pasado desde que llegaste a Colombia?

Aprendí a valorar más cada cosa, por mínima que sea. He conocido gente excepcional, he aprendido de gastronomía y música; eso me ha convertido en un mejor ser humano.

3. Isaías Guillermo Gómez Villareal. 43 años

Soy arquitecto y artista plástico. En el 2016 fui víctima de extorsión por parte de un sindicato de construcción que irrumpió de manera violenta en una remodelación que estaba haciendo en Venezuela. Me amenazaron con un arma de fuego, querían una suma de dinero semanal impagable. Al seguir siendo acosado por estos delincuentes, di por cancelado mi contrato y no concluí la obra. Mi esposa y yo pertenecemos a la iglesia Católica, éramos vecinos conocidos y apoyábamos actividades de la oposición. Por eso y por algunas entrevistas en medios, los delincuentes me ubicaron y llegaron hasta mi hogar con amenazas. Además, mi esposa fue víctima de un secuestro express. Era inaguantable. Decidimos irnos de Venezuela. Hoy vivo en Risaralda y puedo decir que la tranquilidad de caminar sin angustia por las calles no tiene precio. El recibimiento de la iglesia en el sector donde vivo, la calidez y el respeto de las personas de mi comunidad ha sido muy positivo.

En Venezuela usted tenía una firma de construcción y remodelación. Aquí ha debido reinventarse, como muchos venezolanos.

Me ha tocado salir a la calle a vender comida de puerta en puerta, a trabajar de obrero o como ayudante por horas en alguna construcción; en fin, hacer cualquier cosa que se me presente para ganar dinero. Hoy me dedico al emprendimiento familiar: hago pasteles, vendo productos orgánicos y fabrico piezas decorativas. Ha sido difícil porque no he tenido la oportunidad de un empleo, pese a que cuento con el conocimiento académico, la experiencia, la capacidad y la voluntad, algunos dicen que es por mi edad, otros que es por mi nacionalidad.

¿Dejó familia en Venezuela?

Mi madre falleció en diciembre en Venezuela, mi hermana vive en Ecuador, solo somos dos hermanos. Casi toda mi familia está fuera. A esta noticia, que es devastadora para cualquier hijo, súmale que se presentaron situaciones que parecen sacadas de una novela macondiana de García Márquez. Mi impotencia es mayor porque no puedo viajar, tengo el pasaporte vencido a causa de las fallas y arbitrariedades de las autoridades venezolanas. Tampoco cuento con la solvencia económica que tenía antes, se me dificulta viajar por tierra, y más con la incertidumbre de no saber si me dejarán salir de mi país. El dolor es enorme. Yo quería sepultar a mi madre.

4. Victoria Eugenia Zamora Salazar. 29 años

Soy colombiana y llegué a Venezuela siendo una niña. Allá vivía en Punto Fijo, recientemente terminé una licenciatura en Comunicación Social, pero no pude asistir a mi acto de grado ni recibí mi título por tener mis documentos vencidos. Volví a Colombia en agosto del 2018.

¿Qué hacía en Venezuela?

Allá tenía un local de empanadas y arepas maracuchas. Me iba bien, pero comenzaron a escasear los alimentos; también el efectivo, y yo no tenía datáfono. En noviembre del 2017 me vi obligada a cerrar mi negocio. Me cansé cuando empecé a ver que todo estaba muy caótico y el dinero no alcanzaba; comprar queso o un cartón de huevos se convirtió en un lujo. Yo tengo una hija de diez años y uno de dos años y medio, no quiero que se acostumbren a una vida de mendigos, ni que sean mediocres ni que den lástima; quiero que vivan, no que sobrevivan. Por eso me devolví a Colombia, con el dolor de mi alma. Nací en Cali y amo mi país, pero la mitad de mi vida la pasé en Venezuela y eché raíces; allá siguen mis hijos.

¿Y a qué se dedica acá?

Trabajo cuidando niños, interna en un hogar de otra familia.

¿Ha logrado conseguir lo que buscaba en esta vuelta a su país?

Juro que cuando llegué no tenía ni un par de tenis, y hoy en día la que mantiene mi hogar en Venezuela soy yo. Le he podido enviar dinero a mi familia, les pude regalar sus estrenos navideños a mis niños, una ropita que no hubiera podido comprarles allá ni que trabajara durante todo el año. Hasta a mi esposo le pude comprar algo. Y yo me compré un celular, allá no lo hubiera logrado. Pero despegarte es muy difícil, nunca me había separado de mis hijos.

¿Vivió algo similar cuando su familia emigró a Venezuela?

Sí, yo sé lo que es dormir en el piso porque a mi familia le tocó cuando llegamos allá. Soy una guerrera, pero ¿sabes qué es duro? Darme un gusto aquí que yo sé que ellos allá no pueden, como comerme un tamal o una torta cuando me provoque. Y además está el miedo a recibir una llamada en la que me den una mala noticia, porque allá la gente se muere hasta por falta de jeringas en un hospital. Y yo tengo a mi mamá enferma. Ese miedo no desaparece.