En la miseria de la soledad

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“La soledad se admira y desea cuando no se sufre, pero la necesidad humana de compartir cosas es evidente”

Carmen Martín Gaite

Aproximadamente a las 7 de la mañana, la luz del sol cruza el cuarto de Germán Ortega Esquivel. Probablemente a esa hora, este antiguo mototaxista se despierta y busca subirse a su silla de rueda. Es temprano en Kanasín, sin embargo, a este quincuagenario no le espera una ardua jornada. No tiene plan, a nadie a quien recibir y mucho menos a nadie a quien despedir.

Germán es un tipo solo. No tiene esposa ni hijos. Sus hermanos viven en Cuernavaca, mientras él habita una pequeña en el Fraccionamiento Bugambilias, en el municipio colindante de la blanca Mérida. Este sector es como el protagonista de esta historia, no figura en el mapa de Google ni tiene una señalización. Una situación similar con la historia de este mexicano, quien se ampara en su soledad.

Las horas pasan, aunque no hay un reloj que lo atestigüe, tampoco una agenda.. Perdió su trabajo de mototaxista hace nueve meses. Sólo sale hacia al frente a ver el horizonte. Ni siquiera, puede ver los carros pasar porque vive al final de una calle cerrada.  “Yo vivo solo en esta casa que no es mía y me la dieron, vivo aquí  solo, no tengo familia. Ellos están en México, en Cuernavaca”, dijo Ortega Esquivel desde su silla de ruedas.

Hace unas semanas, esta persona tuvo un accidente en el interior de su vivienda. “Me caí en el baño, estuve  20 días tirado pero como no tengo a nadie, no tengo familia, estuve ahí hasta que me rescató la policía de Kanasín”, recordó Germán de 53 años de edad. “Estuve sin comer, sin tomar agua”, agregó. Germán tiene una severa lesión congénita en las rodillas. Sus débiles ligamentos no le permiten estar de pie por mucho tiempo, es por ello que al caer en el baño de la casa prestada, no pudo recuperarse por sus propios medios.

Luego de que pasaran  aproximadamente 480 horas, es decir, tres semanas, un vecino habrá reportado su desaparición. La Policía municipal atendió el llamado y se acercó al lugar. Al entrar a la vivienda, ahí estaba Germán.En el suelo con un grado complejo de deshidratación (Las temperaturas en Yucatán oscilan por los 40 °C) y desnutrición.

Luego del hallazgo, este hombre solitario fue trasladado al Hospital Agustín O’Hooran, donde acuden la mayoría de los yucatecos que no gozan de seguridad social. En este nosocomio fue atendido y aseado. Germán contó con la ayuda una asociación de Mototaxis, compañeros de su antiguo empleo, quienes lo auxiliaron y le prestaron la colaboración mientras era atendido en el Centro de Salud. No obstante, el acercamiento no finalizó en buenos términos, de acuerdo con los propios transportistas, razón por la cual, decidieron retirarse del lugar.

De regreso a su rutina en el hogar, son casi las doce del mediodía. Germán cansado de ver las cuatro paredes, empuja la silla hasta la puerta. Allí, permanece inmóvil. El calor de afuera no es tan sofocante como en el interior de las cuatro paredes del predio kanasinero. Como a todos los seres humanos, a esa hora el estómago le recuerda que no ha comido. Sin embargo, no necesita voltear su mirada para saber que no hay alimentos en su “humilde morada”, tal como la describiría Cheo Feliciano.

La vecina de al frente lo mira y sabe lo que ocurre.  Guadalupe León Arenas, vive justo al frente. Antes de que German terminara en esta condición, ella aprovechaba sus servicios de mototaxi para ir al centro de Kanasín o para trasladarse a su trabajo en Mérida, la capital de Yucatán. Se apiada de él, cruza la calle por donde casi no pasan coches, y le lleva un poco de comida. “Yo lo ayudo con la comida a diario porque él está solo y no hay nadie que lo ayude”, dice la abnegada ciudadana sobre su compañero de Colonia. “Y como sabes no todos están pendiente de ayudarlo”.

German aprovecha cualquier tipo de conversación para interrumpir su soledad. Cuenta su condición sin pudor alguno, con la esperanza de recibir una ayuda. Confiesa que al llegar a Yucatán tuvo una pareja, pero la mujer decidió dejarlo hace unos años. Mientras habla, las moscas también disfrutan de la sazón de la vecina. Al frente de su casa, la maleza está a la altura de las rodillas, obstaculiza por completo la entrada al hogar. Entre el verde de la hojarasca, está una ropa desordenada, arrugada y probablemente mugrienta. Es su vestuario. “No tengo donde lavar ni guardarla”, dijo. Al estar en la intemperie, la indumentaria recibe todos los días los rayos solares y en los días de lluvia, también recibe  las gotas.

De pronto, suelta una frase contundente, cargada de verdad que desnuda su cruenta realidad.  “No tengo dinero, no tengo trabajo no tengo los medicamentos, no tengo agua, estoy en la miseria”. Tras esas palabras, no hubo más nada que agregar, liberó todo, la conversación estaba concluida. German Ortega Esquivel regresó a su rutina, es decir, a la nada.