No fue amor a primera vista

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Cuando ni siquiera había nacido ya estaba ella esperándome. Como si se tratara de una relación de la monarquía en la que las leyes reales determinan el futuro.

Se acostó para que yo diera mis primeros pasos sobre su espalda, me condujo por un pasillo lleno de árbol que me llevó a mi primera escuela, a la secundaria e incluso fue ella la que me presentó el apasionante mundo del deporte. Luego, fue la responsable de mi educación universitaria. Cuando dejé la adolescencia para comenzar a ser adulto, me mostró una nueva gastronomía, aventuras, me llenó de experiencia, en fin, me hizo hombre.

Ahora, ¿Cómo carajo corto de tajo una relación de 36 años y pretende que me esconda en los brazos de otra? Ella se llama Caracas, y ya tengo más de un año que no la veo. Sin embargo debo confesar que mi entrega no fue total, gran parte de mi pensamiento la ocupaba en otra: En La Guaira. El litoral central venezolano esta intrínsecamente ligado a mi familia, pues mis abuelos, mis padres, incluso mis hermanos nacieron en lo que hoy se conoce como el estado Vargas. Mis vacaciones, semanas santas y carnavales fueron en esta zona costera en la que amanecías y te acostaba con ese olor característico de la playa.

Sin embargo, Caracas era mi mundo, donde trabajaba, vivía mis seres queridos más cercanos y mis amigos, que de acuerdo con el autor panameño, Rubén Blades, ellos son esa familia que escogemos entre extraños.

Al aterrizar en Mérida, la capital del estado mexicano de Yucatán, me encontré con una ciudad muy distinta a la que me dio todo. Primero, había desaparecido la montaña, las subidas y  las bajadas ya no forman parte de mis caminatas. Por donde transito es un territorio plano. Ya no hablo de urbanizaciones o parroquias, me toca hablar de fraccionamientos o colonias. Aunque México y Venezuela comparten el español, ellos no me entendían a mí, y lo confieso, yo tampoco a ellos.

Aunque en los primeros días vi una ciudad muy distinta a la que estaba acostumbrado, rápidamente empecé a ver que Mérida me daba lo que hace tiempo ya no me regalaba Caracas, por ejemplo, una sonrisa. El último libro que leí en mi país natal fue uno de Héctor Torres que se llama: “Caracas muerde”. Y esa es la principal descripción de la capital venezolana. Ella había cambiado desde hace más de un lustro o de una década. Detrás de ese agradable rostro que lo adorna una montaña de más dos mil metros de altura, se esconde una amargura áspera, se escucha un tono beligerante en su hablar cotidiano y profiere una invitación constante a la refriega, al odio. Te conmina a caminar por un pasillo lúgubre que al cruzarlo, puedes encontrar el fétido olor de la descomposición que solo lo genera la muerte.

Mientras, Yucatán me abrió los brazos desde el primer momento. Con tan solo saludar a una persona que sólo la has visto dos veces, ya te responden: “¡Me da mucho gusto verte!” o te esbozan una palabra sencilla que se escribe: “Amigo”.

Esta tierra que guarda una cultura originaria de raíces mayas ostenta el primer lugar de seguridad en una nación azotada por el narcotráfico. Mientras en el estado vecino de Quintana Roo asesinan a 11 personas en un día, en Yucatán difícilmente se puede contabilizar una decena de muertos en un trimestre.

Esta ciudad me permitió caminar nuevamente en las noches, ser guiado por la luz eléctrica y sentarse al frente de una casa sin temor a que pase un malandro y te acorte el futuro. Si quieres ir a la playa es como viajar de Caracas a La Guaira, en tan 20 minutos de viaje puedo volver a sentir ese olor a salitre que  huele a mi infancia. Poco a poco me he ido enamorando, pero por el momento, el recuerdo del primer amor, está muy fresco. En cada instante me llegan a la mente imágenes esa ciudad de género femenino que aún la llamo por su pseudónimo: casa.