La amenaza de los timadores de oficio en Mérida

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“Muchos han comerciado con ilusiones y falsos milagros, engañando a la estúpida multitud.”

Leonardo Da Vinci

Son las 7 de la noche de un sábado. Afuera, cientos de meridanos disfrutan el ambiente ameno de la bici-ruta nocturna, un evento organizado una vez a la semana por el ayuntamiento de la capital yucateca. Entretanto, en el Starbucks de la famosa avenida Paseo de Montejo, un grupo de diez personas o más acuden a una convocatoria por parte de supuestos seres exitosos que le prometen un mejor futuro para sus vidas.

El sol se oculta para darle paso a la obscuridad característica de la noche. Es el primer día del fin de semana, cuando muchos ya dejaron de trabajar y empiezan a disfrutar del descanso. Sin embargo, la referida reunión interrumpe la merecida pausa semanal de personas que buscan un mejor porvenir, o sencillamente una oportunidad de abandonar el empleo que tanto les molesta.

El escenario es la parte superior de esta tienda que tuvo su origen en Estados Unidos. Starbucks no es barato y tampoco te ofrece un simple café Capuchino, Latte o Expreso; lo que brinda esta marca es la experiencia de tomarte una bebida en sus tiendas, elegantes, ostentosas, con un buen aire acondicionado y wifi ilimitado.

Comienza la exposición de los supuestos seres exitosos. Aquellos que le van a enseñar a los otros cómo ganar mucho dinero sin necesidad de cumplir un tedioso horario de oficina. Una oferta maravillosa con el exquisito ofrecimiento de que van a poder trabajar cerca de su casa o sin salir de ella. Sin embargo, la cita no es en una sede privada propiedad de los supuestos triunfadores, es en un recinto público. La bonanza del oficio de estos tampoco le permite invitar al menos un café chico a sus objetivos cautos, esos que dejaron a sus familiares un sábado por la noche para acudir a la mentada presentación del éxito.

Una mujer, bien peinada, toma la palabra en el encuentro. Se presenta y hace la introducción de la compañía que tiene como objetivo llevar internet a los celulares de los ingenuos asistentes. Les ofrece un mundo mejor que lo que puede prometer Carlos Slim con Telcel, o mejores beneficios que tener una línea Movistar y/o AT&T. Le dicen que internet es el futuro del mundo comercial (verdad irrefutable).

Su discurso no es tan largo. Luego de la introducción, le da la palabra a una persona que supuestamente ya entró en el negocio y que vive en la plena felicidad al conocer el éxito y el dinero. No obstante, su indumentaria dista de su discurso. Su arenga no es empírica, parece un diálogo aprendido en el que detalla muy bien cuándo apareció por primera vez el mundo cibernauta, entre otros pormenores sobre su nuevo “negocio”. Ella, sí se extiende en su plática, la cual es interrumpida por los aplausos de los asistentes.

Retoma su discurso pero lo vuelve a cortar, esta vez por una repentina tos. “Me ahogué de la emoción de compartir este momento con ustedes” le dice al auditorio que apenas acaba de conocer.

Una voz sale desde atrás. Es un señor de aproximadamente 55 años. Lleva una camisa con las mangas recogidas. Lleva un reloj llamativo aunque el pantalón de mezclilla y sus zapatos son corrientes. Explica que con este negocio tendrán interacción de venta con otros 26 países. El origen de la empresa a la que los están invitando tiene su sede en Estados Unidos, aunque no dice el nombre de la corporación ni como se llama el fundador.

El sujeto expresa que está preocupado por el futuro de ellos, al tiempo, vocifera que no tiene interés por los que no están en la reunión, su inquietud se limita a ellos.
En sus palabras, suelta una cifra. “Comenzamos con una inversión de seis mil pesos”. Los presiona para que actúen inmediatamente. “Yo tengo tres años en esta empresa, sé muy bien para donde va y en los próximos sesenta días va a ocurrir algo extraordinario” espetó sin ofrecer más detalles.

La reunión concluyó aproximadamente a las nueve de la noche, sonrisas y apretones de manos en la despedida. Algunos se retiraron convencidos, otros con expectativas y los más invulnerables con dudas. La mesa terminó limpia porque nadie compró café en Starbucks.

Capacitación en el centro

Los postes del centro de Mérida son una bolsa de trabajo inconmensurable. Ahí pegan cualquier ofrecimiento laboral, o dejan su contacto personas que colocan sus servicios a la disposición. Uno de ellos llama la atención, quizás de los más necesitados: No piden experiencia, sólo ir a trabajar tras el ofrecimiento de capacitarte y pagarte 1,500 pesos semanales. Eso sí, debes decir que vas referido por la persona cuyo el nombre está escrito en el papel.

Te convocan a una reunión para iniciar el entrenamiento, es en la calle 61 del Centro entre 52 y 54. La cita es a primera hora del sábado. El salón está lleno. También dicen que es una empresa con sede en Estados Unidos, aunque no se refieren directamente al empleo. La charla parece una ponencia de autoestima y, a la vez, es un constante reto a tu paciencia. “Si no muestras ganas, no tienes el empleo, si no asistes a toda la capacitación, no te damos el trabajo. Debes responder constantemente preguntas que se repiten: ¿Le van a echar ganas? Sí, ¿Quieren dinero? Sí.

La persona que da la bienvenida comienza con un discurso agitado y suelta palabra tras palabra. Les pide a sus supuestos futuros empleados que no se dejen llevar por el aspecto antiguo de la oficina. “Hay gente que prefiere ir a Liverpool, portar lujosos trajes, trabajar en aire acondicionado pero sin varos en los bolsillos”, dice en un tono peyorativo el ponente al tiempo que presume que él si tiene dinero mientras viste un desgastado traje azul y una corbata mal amarrada.

Luego de su ponencia, le pide a los presentes que sigan actuando como lo están haciendo, les hace hincapié en que van “muy bien” en aras de obtener el trabajo, y así hace la antesala a “la jefa de la oficina” quien representa un filtro más estricto. Acto seguido, hace su entrada una mujer, la misma que abrió la puerta a las siete de la mañana a los asistentes.

Ella advierte que la publicidad que existe en las calles “ofende” a los que están adentro del negocio. Luego informa que el negocio se trata de vender productos de belleza femenina, aunque no los muestran por ningún lado. Continúa con un discurso emocional, en el que habla que todo lo hace por sus hijos. Le pide a los inocentes escuchas que cierren los ojos para mostrarle un premio (si los abren antes del aviso no tienen el trabajo) y muestra un trofeo gigante. Es un acto simbólico para decirles lo que pueden ganar si continúan con ellos. Termina la jornada y en la despedida, les recuerda que si no van el domingo, tampoco van a tener el trabajo de sus sueños.