Los invisibles (Parte 1)

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“Que hacemos con el preso sheriff, ¿lo soltamos o lo ahorcamos? Aquí no se puede quedar todos los días comiendo.”

Frase de la película- Mi nombre es Trinity- de 1970

En Mérida, la capital de Yucatán, hay aproximadamente 800 mil vehículos de acuerdo con datos aportados por la Secretaría de Seguridad Pública. Al día, entre 100 y 200 mil de estos coches recorren el anillo periférico de la urbe. Miles de estos vehículos que pernoctan en la ciudad, o que entran y salen, tienen que frenarse por completo ante la inclemente luz roja del semáforo. Aquí comienza esta historia…


Bajo los postes de los semáforos hay una fuente de empleo que cada vez aumenta más, aunque son pocos los que se percatan de ese tipo de trabajo. Personas de bajos recursos o que nunca tuvieron la oportunidad de formar parte de un sistema, buscan ganarse el pan de cada día a través de actos de malabarismos o con pasar un poco de agua y una lámina por los vidrios panorámicos de los vehículos.

Al frenarse los coches por la indicación del aparato amarillo que proyecta tres colores se genera espontáneamente el cruce de clases sociales. El que va adentro de su coche con un potente clima que lo hace aislarse del calor yucateco comparte una pequeña historia con Lino, un sujeto que puede combinarse los ojos con la playera roja que llevaba en una tarde cualquiera del año 2019.

Al hablar Lino, automáticamente revela parte de su vida. Este meridano que vive la Colonia Mulsay no forma parte de la rutina de la capital yucateca. No ocupa uno de los tantos empleos que vocifera el gobierno estatal, tampoco forma parte de los beneficiados de los programas del gobierno federal, tampoco aspira a un “Micromer” del ayuntamiento. Sólo se despierta y su objetivo es ir al semáforo a ver si consigue unas monedas para su torta y frijol.


“Ya dejé la droga, ya dejé todo”, reconoce sin tapujos aunque la pregunta no estuvo dirigida a sus adicciones. “Si tomo, ayer sí tomé,” remata. “Le compro sus cosas a la Virgen de Guadalupe, como tengo mis tatuajes, le compro su veladora” dice en medio de un párrafo de ideas que no son del todo coherente.


La luz verde se apagó, para darle paso a la amarilla y comienza el movimiento de Lino hasta llegar al rojo. Empieza por el lado del piloto, si este no le dice que se detenga continúa limpiando por el lado del copiloto. Luego de dejar el panorámico lleno de jabón, comienza a retirar los excesos con una lámina negra. Recibe las monedas de su cliente y la guarda momentáneamente en el orificio central de la oreja. “Sol, calor trabajando honradamente, sin robar nada, yo soy un payaso, trabajo del albañil y ayudante” enumera Lino al hablar de su rutina y su currículum vitae.


En las calles de la blanca Mérida se comenta que ese oficio de limpiar los vidrios de los carros es exclusivo de los ex convictos que pasaron por el Centro de Reinserción Social. Al menos, esa es la realidad de Lino. “Yo igual tuve en el Cereso, me acusó mi doña de intento de violación, pagué e hice cuatro años y pague dos mil pesos”, reveló el limpiador de vidrios.


Lino asegura que ese no es su único oficio, aunque fue el primero que aprendió cuando tan sólo contaba con once años de edad. Dice que también funge como asistente de albañil y en ocasiones trabaja como un payaso. No en fiestas infantiles, sino en su oficina, es decir, en la calle. “En este tengo desde los 11 años, estaba yo morro. Agarré el hule y empecé a darle y lo agarro y lo pongo” comenta al hablar sobre su trabajo.


Como la mayoría de los yucatecos, el protagonista de esta historia sale de su casa para encontrar la comida que va a llevar a la mesa. A pesar de lo inestable de su oficio, él también tiene que velar por los suyos. “Me deja un poco para mi comida, para las leches de mis hijos y es todo. Tengo cuatro hijos, yo soy de la Mulsay, tengo casa, me dejó mi doña pero tengo a mis hijos”, soltó. La luz del semáforo volvió a cambiar a verde y de esa forma tan intempestiva terminó el cruce social entre el guiador del coche y el trabajador de la calle que responde al nombre de Lino.

Sin plan, sin objetivo, sólo buscando la comida del día, pasan las horas para el ex reo del Cereso. Entretanto, continúa la dinámica de una ciudad que cada vez es más protagonista en la historia contemporánea de México, la misma que va albergar el Tianguis Turístico y la ceremonia de los Premios Nobel de la Paz.